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Solemnidad al Sagrado Corazón de Jesús

  • Foto del escritor: Santuario San Judas Tadeo
    Santuario San Judas Tadeo
  • 12 jun
  • 5 min de lectura

12 de junio


La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús se conmemora cada año el viernes siguiente a la Octava de Corpus Christi; es decir, ocho días después del Jueves de Corpus. Se trata de una solemnidad, es decir, una celebración del más alto grado para la Iglesia Católica, reservada a los misterios más importantes de nuestra fe.

En 1856 el beato Papa Pío IX ordenó que la fiesta del Sagrado Corazón fuera extendida universalmente a toda la Iglesia; y en 1995, San Juan Pablo II instituyó en este mismo día la Jornada Mundial de Oración por la Santificación del Clero, para que Jesús custodie el sacerdocio en su corazón.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús también se conmemora nueve viernes al año: los nueve primeros viernes de cada mes, sin importar cuál sea el periodo, siempre que se tomen nueve meses consecutivos y sin interrupción.


Lo anterior, debido a que Jesús le reveló a Santa Margarita María Alacoque su deseo de dar a conocer Su Sagrado Corazón encendido de amor por la humanidad, y prometió muchas gracias y bendiciones a quienes lo honrasen con devoción cada primer viernes de mes, durante nueve meses seguidos y en los términos anteriormente mencionados: asistir a la Misa completa y comulgar con un corazón limpio, en estado de gracia.

Dijo la Santa al citar la promesa hecha por Jesús: “Yo te prometo, en la excesiva misericordia de Mi Corazón, que Su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: no morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus sacramentos, y Mi Corazón Divino será su refugio en aquel último momento”.


Ir a Misa los nueve primeros viernes sin interrupción nos ayuda a darle a Dios prioridad. Mucha gente falta a Misa con cualquier pretexto; esta devoción al Sagrado Corazón de Jesús nos enseña a respetar el tiempo destinado a Él y captar que si nos ponemos en Sus manos, Él nos ayuda a cumplir con lo que nos pide.


Comulgar los nueve primeros viernes de mes en devoción al Sagrado Corazón de Jesús nos hace conscientes de cuál es la razón fundamental para asistir a Misa: Recibir a Jesús, que está realmente Presente en la Eucaristía. Es un error quedarse con la idea de que como ir a Misa es un mandamiento de la Iglesia, se trata simplemente de una obligación de “oír” Misa, pero ese mandato no se queda solo en eso, sino que también se debe llegar a la Comunión Eucarística-sacramental.


Es una oportunidad, no sólo para reunirnos en comunidad a cantar, orar y escuchar la Palabra de Dios, sino para disfrutar del grandísimo privilegio de sentarnos a la mesa del Señor y ¡recibirlo a Él como alimento! Jesús nos pide comulgar nueve primeros viernes, no para que tomemos esto como un trámite que hay que cumplir, sino porque quiere entrar más y más en comunión íntima con nosotros y colmarnos con Su amor.

El origen de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús tiene que ver con la historia de santa Margarita María Alacoque, una religiosa francesa de la Orden de la Visitación que en el año 1675, durante la Octava de Corpus Christi, tuvo una revelación divina que marcó su vida.


Aunque había tenido antes muchas otras manifestaciones divinas, la que tuvo en esa ocasión fue para ella tan especial, ya que vivió una verdadera transformación: comenzó a destacar entre sus hermanas por su fervor ante el Santísimo Sacramento y por su obediencia en todos los encargos de su superiora, como el ayudar incondicionalmente a las hermanas de la enfermería.


“Me emplearon en la enfermería -escribiría años más tarde santa Margarita María Alacoque en su libro autobiográfico-, y sólo Dios conoce lo que tuve que sufrir allí. El demonio me hacía caer con frecuencia y romper cuanto tenía en las manos; y después se burlaba de mí, riéndose en mi misma cara, diciendo: ‘Torpe, jamás harás nada de provecho’. Me quedaba con tal tristeza que no sabía qué hacer, ya que con frecuencia me quitaba hasta el poder decírselo a nuestra Madre”.


Santa Margarita María Alacoque buscaba en todo la mortificación: recogía, por ejemplo, los pedazos de pan mordidos que habían caído al suelo, y los llevaba a la cocina para que hicieran con ellos la sopa que ella habría de comer; era común en ella hacer cosas parecidas para vencer su natural aversión a la suciedad y a la poca limpieza.


En cuanto a los trabajos comunes, era ella la primera en acudir, y se daba a ellos con tal entusiasmo que era necesario llamarla a la obediencia para retirarla de la labor. Además, era tan desprendida de todos los bienes materiales, que rechazó una pensión vitalicia que sus parientes quisieron darle.

En sus serviciós dentro del Convento de Paray-le-Monial (Francia), llegó a desarrollar un hambre tan insaciable de humillaciones y mortificaciones, que incluso accedió a dejar sin efecto una de las condiciones que su hermano había exigido en la firma del contrato cuando fue recibida en el convento. Ésta consistía en no obligarla a comer queso, pues se trataba de una aversión familiar.

Viendo que no podía vencer esa natural repugnancia a comer queso frente a su Maestra por más que trataba, después de tres días fue ante el Santísimo Sacramento, y ahí estuvo unas cuatro horas llorando y gimiendo para obtener la fuerza de vencerse a ella misma.


“Después fui con mi Maestra pidiéndole por piedad que me permitiera hacer lo que de mí había deseado (comer queso) y lo hice, jamás había sentido tal repugnancia, la cual se renovaba todas las veces que debía hacerlo, sin que por eso dejara de hacer lo mismo durante ocho años”.


¿Pero qué prodigiosa revelación divina llevó a Margarita María Alacoque a desear someterse a esas y muchas otras humillaciones y mortificaciones?

Pues nada menos que ver al mismo Jesús -quien durante dos años se le había aparecido los primeros viernes de cada mes-, pero en esta ocasión se le manifestó señalando su Corazón expuesto, al tiempo que exclamaba:


“He aquí el Corazón que ha amado tanto a los hombres, que no se ha ahorrado nada, hasta extinguirse y consumarse para demostrarles su amor. Y en reconocimiento no recibo de la mayoría sino ingratitud.”


Este es el origen de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús: las revelaciones divinas que Nuestro Señor hizo a santa Margarita María Alacoque, a quien le pidió comunicar a todos los hombre y mujeres las Doce Promesas de Su Corazón.


Las 12 promesas del Sagrado Corazón de Jesús

Además de las palabras que Jesús le compartió a Corazón expuesto a santa Margarita María Alacoque, hizo doce promesas desde Su Sagrado Corazón para las almas devotas, mismas que pidió a la Santa compartir con todos los hombres.


  • “Daré a las almas devotas todas las gracias necesarias para su estado de vida”.

  • “Voy a establecer la paz en sus hogares”.

  • “Voy a consolarlos en todas sus aflicciones”.

  • “Voy a ser su refugio seguro en la vida, y sobre todo en la hora de la muerte”.

  • “Voy a conceder abundantes bendiciones sobre todo a sus empresas temporales y espirituales”.

  • “Los pecadores encontrarán en Mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia”.

  • “Las almas tibias se harán fervorosas“.

  • “Las almas fervorosas alcanzarán mayor perfección“.

  • “Bendeciré a cada lugar en el que se exponga y se venere una imagen de mi Sagrado Corazón”.

  • “Daré a los sacerdotes y a todos aquellos que se ocupan de la salvación de las almas, el don de tocar los corazones más endurecidos“.

  • Los que propaguen esta devoción tendrán sus nombres escritos en Mi Corazón, y nunca serán borrados”.

  • “A los que comulguen el primer viernes de cada mes, durante 9 meses consecutivos, le concederé la gracia de la perseverancia final“.


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